LA MUERTE DE NESTOR KIRCHNER

La muestra de civilidad la dio la gente

En una especie de gimnasia necrológica, la Argentina se conmueve por segundo año consecutivo con la muerte de un ex Presidente. Que, como lo fue Alfonsín para sus seguidores, también se trató en el caso de Néstor Kirchner de la pérdida de un líder carismático, algo que quedó plasmado en la eterna fila de militantes que desfilaron ante el féretro durante dos días en la Casa de Gobierno; en el improvisado pero sentido altar que se instaló en la Plaza de Mayo, en su vereda cercana a la Rosada; en la verdadera peregrinación del cortejo fúnebre hasta el Aeroparque, con el auto y su techo colmado de flores, banderas, gorros y cascos obreros, en medio del fervor de la despedida de la gente que incluyó hasta los tan argentinos papelitos; en las distintas agrupaciones políticas y sindicales que –con desacostumbrada sociabilidad- se repartieron los lugares a lo largo del recorrido lleno de paraguas y de afecto. En suma, una movida ciudadana que dio, por cierto, una gran muestra de respeto, de cariño y hasta de pasión hacia quien, para sus muchos adherentes, fue un verdadero líder, que se desarrolló en un ambiente más que ceremonioso (sobre todo teniendo en cuenta el virulento momento político que se viven las últimas semanas, hasta con un muerto incluido…).

No obstante, la acongojada y serena despedida del pueblo (un pueblo, para muchos, bastante menos educado y mucho más intolerante que el de décadas atrás) contrastó notablemente con la actitud denostable de la Presidenta que, ni aún en su dolor, logró permitirse transigir para recibir el pésame de sus adversarios políticos como Ricardo Alfonsín, Mauricio Macri, De Narváez, su vicepresidente Julio Cobos o el ex Presidente Eduardo Duhalde, como asimismo no recibió las condolencias de los miembros de la Corte Suprema de Justicia, en un acto que refleja que ni la muerte, que de por sí deja de lado cualquier disputa o diferencia de pensamiento, fue capaz en este caso de lograr el acercamiento que el dolor por la pérdida de un ser humano siempre debe alcanzar.

Una muestra más de la falta de convivencia extrema que caracteriza a nuestra clase política y a la administración kirchnerista que hace de la intolerancia una forma de gobernar, en vez de apelar a la negociación, a la charla, al debate político, a la concertación y al acuerdo. Y que, en su afán de negar la realidad, veló a cajón cerrado al occiso, algo que ya está haciendo circular rumores por lo ilógico del hecho.

Cristina queda debilitada por la pérdida de un esposo y de una espalda política que la sostenía y protegía de todo. A la vez, sale fortalecida ante las muestras de afecto y de fuerza que le brindó el pueblo y ocho presidentes latinoamericanos que se acercaron a acompañar su dolor. Veremos, de ahora en adelante, un cristinismo sin Kirchner, algo verdaderamente inesperado y que mantendrá al acecho a oponentes políticos y sindicales que querrán, sin duda, pellizcar pedazos de poder, ahora, que no está el Jefe… ¿Vos qué opinás…?

Asistiendo a mi velorio

Tarde del 29 de abril de 2010. Mi asma me aplica la peor jugada de su historia. Distinta, sin tanta disnea brutal, sin tanta desesperación, como es lo habitual. Esta vez fue como adormeciéndome, como quien respira gas natural hasta quedarse dormido primero y muerto después. Algo así…
Una oportuna llamada telefónica alertó a mis viejos de que la cosa venía mal. Me escucharon con solo un hilo de voz y no muy firme en lo que decía. Intuición paternal mediante, mis padres ahorraron consejos inútiles y salieron volando de su domicilio en Lanús para llegarse hasta Quilmes (unos 15 Km., para quien no conoce) en tiempo récord. Entraron a mi casa -tienen llaves- y me encontraron tratando de respirar bajo un ventilador de techo y con un color azulado en mi rostro, algo cianótico y desconcertado… Cinco minutos después entraba a la Guardia del Hospital de Quilmes, y otros cinco minutos después hice un paro cardio-respiratorio. Estuve “muerto” algunos minutos (un enfermero habló de diez), hasta que la reanimación desesperada del personal médico logró traerme de nuevo al mundo. Pero estaba mal. Muy mal…
Me trasladaron a Sala de Terapia Intensiva y se me pasó a condición de coma farmacológico en el afán de ahorrar toda energía que no aportara a tratar de salir del cuadro. Quienes me vieron contaron ocho tubos en mi boca, amen de cables y toda la parafernalia que uno conoce de cualquier caso de estos.
Mis bronquios se cerraron (más bien se pegaron) como nunca lo habían hecho antes y no había medicación que lograra abrirlos. El respirador artificial parecía tener efecto contrario: el pecho se me hundía en vez de inflarse…
Mis dos hermanos que viven en España llegaron al Hospital quince horas después del ataque (para el Guiness). Familiares y amigos (en cantidad asombrosa, algo que no hubiera imaginado) esperaron durante días cada parte médico con la esperanza guardada en el corazón. Los primeros días era realmente difícil mantenerla, porque todo indicaba que iba a ser casi imposible salir del cuadro, nadie podía dar fe de que iba a ser así. Hubo más de un llanto, según me enteré, de quienes ya me daban ciertamente por muerto.
El personal médico y los enfermeros de Terapia Intensiva lucharon como leones varios días para aliviar mi situación –muy larga para describirla (cuatro veces más durante esas jornadas debieron reanimarme con masajes porque todo empeoraba)-, y para tratar de que reaccionara después de los seis días del coma farmacológico.
Finalmente, un día Dios quiso que me pudieran quitar del todo el respirador tras varios intentos y, más tarde, que fuera despertando, después de casi una semana.
La expectativa de los médicos y de todo mi entorno era conocer cuál iba a ser mi condición al recobrar la conciencia después de la hipoxia –falta de oxígeno en el cerebro- que debió provocar el paro y los tantos días en que mi respiración era casi imperceptible.
No obstante, y ante la alegría –y quizás el asombro en algún médico o enfermero- de mis familiares y amigos, mi despertar fue normal, reconocí a todo el que vi y hasta bromeé porque estaba en un lugar al que me habían llevado “engañado”…
Fueron doce días los que pasé en la Terapia Intensiva del Hospital Zonal General de Agudos de Quilmes, Dr. Isidoro Iriarte. En ellos, no solo salvaron mi vida sino que encontré una contención y un tratamiento absolutamente de excelencia. La calidad profesional de los médicos y enfermeros, la atención permanente y preocupada al extremo, la aparatología de calidad, todo en el lugar escapa ampliamente de la mediocridad general argentina, máxime tratándose de una institución del Estado. Sería enorme mi ingratitud si no destacara estos aspectos sobresalientes del lugar y de cada una de las personas que allí trabajan poniendo verdaderamente el corazón para salvarle la vida a la gente, como fue mi caso. Enorme y para siempre será mi agradecimiento para cada uno de quienes allí se ganan la vida.
Después pasé a Sala común durante diez días, mientras los profesionales de Neurología seguían de cerca lo único que quedó por corregir: mioclonías en mis piernas y brazos –unos movimientos involuntarios- que no me permiten caminar. Finalmente salí del Hospital catapultado por una repentina “epidemia” de bronquiolitis y neumonía a la que los médicos no quisieron exponerme y me mandaron a casa con la medicación –y unos ejercicios de rehabilitación- bajo el brazo, con fecha de regreso cinco días después, para control.
Hoy sigo mi tratamiento (el neumonológico y el neurológico por las mioclonías que aún me mantienen postrado, aunque con esperanza de volver a la normalidad en un plazo desconocido: ¿meses? ¿un año?). Pero más allá de lo estrictamente médico, ninguna persona que haya “nacido dos veces” es exactamente la misma. Y yo no soy la excepción…

Mi “segunda vida”
Es duro perder la independencia de repente. Yo vivía solo, llevaba a mi hijo por la mañana a su escuela, iba a mi empleo y por la tarde realizaba una amplia gama de actividades que incluían ver un rato a Guido y todo lo demás que conformaba mi día, que por cierto no era poco teniendo en cuenta mi sociedad en un negocio del cual debo ocuparme a diario, mi actividad social en el Club de Leones y el hecho de atenderme a mí mismo (ir al supermercado a comprar alimentos, cocinar, mantener la casa –aunque sea medianamente-, etc., etc., muchos etc.). Acumulaba trabajos, actividades, incluso cosas, en una carrera constante contra el tiempo, haciendo honor a las ideas de “El Hombre Mediocre”, de José Ingenieros, que plantea todo el tiempo que día a día envejecemos, nos ponemos decrépitos y lo que no hicimos hoy quizás mañana nuestra condición ya no nos permita poder hacerlo…
De pronto todo esa permanente carrera se terminó: debo vivir con mis padres asistido permanentemente para múltiples cosas, casi no me muevo de mi nueva vivienda, trabajo por Internet, veo a mi hijo una tarde entre semana más el finde, y toda mi vida social, laboral, familiar, personal quedó reducida mínimamente a lo poco que se puede hacer…
No fueron pocos los momentos de indignación hacia mi nueva condición, hacía Dios y el porqué del merecimiento de este “castigo”, mis iras hacia cada cosa que no puedo realizar, mis dolores físicos y mentales al caerme (algo por demás habitual) y mi permanente resistencia a adecuarme a una realidad que no era mía, aunque ya lo era…
El tiempo, que es sabio, fue consolándome y haciéndome dar cuenta de que todos estos ¿meses? de recuperación que tengo por delante son simplemente para que discontinuara una forma de vida (por cierto, si hubiera vuelto a caminar enseguida hubiera retornado a mi trajín habitual) y me tomara todo este lapso para reflexionar sobre “mi vida anterior” de una manera crítica beneficiosa que permita cambiar algunos estados de cosas.
No soy de arrepentirme, porque soy por demás pensante y, como todo lo pienso antes de hacerlo, ¿por qué arrepentirse? Lo malo es hacer las cosas sin pensar y arrepentirse por haberse equivocado, pero si uno lo pensó, el arrepentimiento no es lo que corresponde sino quizás la resignación de haber decidido mal.
Sin embargo, a lo largo de mi primera vida, entonces, me equivoqué muchas veces, y eso lo puedo ver mejor hoy ¿Por qué? Es así:
A mi “velorio” concurrió tanta gente como nunca me hubiera imaginado –a la visita de Terapia de tan solo media hora venía muchísima gente que sabía que no iba a poder ingresar a verme, pero al menos tenía noticias de cómo seguía mi estado de salud; asistieron viejos amigos y personajes que no veía hace años y que se acercaron tanto cuando estaba en Terapia como en sala; tantísima gente como nunca hubiera pensado me aseguró que rezaba por mí todos los días; algunos “locos” hasta hicieron promesas pidiendo por mi vida; cadenas de oración por mi salud se repitieron aquí y en el exterior. Realmente una movida increíble que creo firmemente fue la que convenció a Dios de dejarme un rato más por estos lados (cabe acotar que es verdaderamente un milagro –dicho por más de un médico- que yo haya quedado vivo y en este estado). En algunos casos, ciertamente, me dio la rara sensación de que había quienes me querían mucho más que yo mismo…
Charlas posteriores, actuales, con mucha de esa gente me llena los ojos de lágrimas al dejarme ver que uno sembró algo en aquella vida de lo que quizás no sea muy conciente. Y entonces uno se tranquiliza, se siente bien, se esperanza con una nueva realidad próxima, pero se arrepiente de tantos sinsabores admitidos en la primera vida, empieza a ser más conciente de quién es y a arrepentirse más de haber permitido maltratos y sinsabores a quienes se les permitió en su momento. Y todas esas repetidas mortificaciones se sufrían, por lo cual también se pensaban, lo cual da la pauta de mis continuos errores…
Es más que interesante saber cómo va a ser el velorio de uno. Yo, prácticamente, lo pude saber –en realidad la mayor parte me la contaron porque la primera semana de Terapia estuve en coma-. De ella pude recoger una valiosa experiencia que de ninguna otra forma hubiera logrado. Y es este el lado positivo de toda esta vivencia, porque pude saber mucho más quién soy, lo que me permite valorar aspectos que antes no atendía tanto. Y darle aún mucha más importancia a algunos consejos de la vieja “Desiderata” que sugerían:

“recuerda que la paz puede encontrarse en el silencio.
Mantén buenas relaciones con todos en tanto te sea posible,
pero sin transigir.
Di tu verdad tranquila y claramente;
Y escucha a los demás, incluso al torpe y al ignorante.
Evita las personas ruidosas y agresivas,
pues son vejaciones para el espíritu.
Sé tu mismo.
Acepta con cariño el consejo de los años, renunciando con elegancia a las cosas de juventud.
Nutre la fuerza de tu espíritu para que te proteja
en la inesperada desgracia, pero no te angusties con fantasías.
Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad.
Más allá de una sana disciplina, sé amable contigo mismo.”

Ahora como nunca mantendré vigentes cada uno de ellos y viviré este “bonus track” que Dios me concedió compartiéndolo solo con quienes siempre me hicieron bien, con algunos que de pronto reaparecieron y hubiera sido bueno que nunca se hubiesen perdido y aprovechando al máximo cada minuto de esta segunda vida, porque, seguro, otra ya no va a haber… ¿Vos qué opinás...?

Cálmate, Tierra...


No te inquietes, no te conmuevas
que no estamos listos para tanta enjundia.
No te contraigas, no te sacudas
que nos desespera tu rabiosa chifladura.

Cual venganza previsible e impiadosa,
desde arriba y desde abajo nos castigas.
Y mientras las culpas buscan a sus dueños
parece tarde para obviar lo inevitable.

Desde todos tus confines se estremecen
los desgarradores alaridos de la angustia;
de quienes buscan recuperar lo quebrantado
y quienes saben que tu fuerza es absoluta.

Hoy tu Parkinson y tus lágrimas cruentas
se revelan ante el huésped atrevido.
Solo queda soportar tu intensa furia
y rezar a todo Dios por tu sosiego…

A los Pueblos de Chile y Haití, condolencias y solidaridad.

Ana, la Grande


“Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé” decía Discepolín, seguramente en una de sus tardes de depresión y aguda observación. Claro, todo depende del cristal con que se mira, y de lo que uno puede y quiere mirar también… En los post de este rinconcito de la Web he intentado alternar aspectos buenos y malos de la Humanidad en general –quizás también de acuerdo a mi propio estado de ánimo, o de temas puntuales que de pronto se instalan en la sociedad y son difíciles de esquivar-.
El de esta vez está lejos de las visiones apocalípticas de Discépolo. Es un oasis, un canto a la vida, al amor y a la esperanza que, como siempre, es lo último que se pierde. Esta vez la referencia es a aquellas personas que son diferentes. Que mejoran la vida de los demás, de la sociedad. Esas personas distintas, cuyo ego parece minimizarse en aras del bien ajeno, del alivio del que sufre. De quitarle el dolor a quien lo padece, de cambiarle el ánimo al desanimado. Todos (o casi) conocemos a alguna de esas personas que se convierten en la indicada para compartir los momentos agradables pero también los que no lo son, esos en los que solo queremos estar con quien se preocupa y se ocupa de nosotros de una manera que uno mismo no puede comprender cuál es… Gente especial, sin duda, que marca esa esperanza de la que hablaba, al hacer ver que el bien aún existe y de una forma muy poco imperfecta.
Esta entrega pretende ser un homenaje a esa gente. Que la hay, y que cada uno de nosotros puede ponerle un nombre. Yo le pongo “Ana María Dellacqua”. La DOCTORA (así, todo con mayúsculas) Ana Dellaqua, o “Anita” para los íntimos. Una profesional con una altísima precisión médica, capaz del diagnóstico más preciso y raro con apenas unos pocos síntomas. Y de reponer a cualquier enfermo de patologías poco convencionales con tratamientos sencillos y con una dedicación incansable. Guía de miles de pacientes fieles a su calidad profesional y a su determinante forma de buscarle solución a los problemas. Y con una inclaudicable y permanente disposición al servicio, pudiendo atender pacientes en sus domicilios durante años y en forma gratuita (muchos son los que bien saben esto).
Anita. Un ser con una infinita capacidad de dar. Siempre dispuesta a la ayuda, en el ámbito que sea (arreglar un mueble, decorar una habitación, solucionar un problema familiar, hacer un trámite o cualquier otra cosa que pueda significar resolver el inconveniente del otro).
Anita, sí. La dueña de una exquisita cultura, de un interminable catálogo cerebral de piezas de arte, de cine, de teatro. Un verdadero libro abierto de las ciencias y las artes, que no deja de investigar Medicina u otras disciplinas muy lejanas a ella.
Ana, alguien con una inquieta capacidad de aprender (si lo sabrá su PC!), que nunca deja de avanzar sobre aquello que le interesa, que le mueve esa intensa curiosidad de niña que aún lleva adentro. Y que a su vez es una excelente docente, capaz de brindar clases magistrales de Biología, de Matemática y de otras materias a quien necesite sumergirse en ellas.
Ana, la enorme Ana. La que sabe lo que es caerse a las más profundas oscuridades de la vida. Pero también sabe cómo luchar contra ello y, lo que es más importante, aprendió cómo arrimar el hombro para asistir al caído, como alguna vez sugirió Jesús en la parábola del buen samaritano.
Ana, la gigante Ana. Que no por gigante deja de ser alcanzable. Todo lo contrario: la sencillez y la humildad son verdaderas normas de vida que rigen su conducta y su trayectoria toda. Un ser abierto, dispuesto, afable, que siempre tiene sus enormes brazos abiertos, como una gran Madre.
Ana, la amiga. Que sabe practicar una amistad inoxidable a través de los años que, por cierto, honra a quien puede disfrutarla.
La DOCTORA Ana Dellacqua, que tras su fecunda y paciente tarea de tantos años, se dispone ahora a disfrutar del ocio creativo que le permitirá ejercer su inminente jubilación, que festejan –aunque algo acongojados- todos sus pacientes que la quieren, más que por sus habilidades profesionales, por su calidad humana.
Hoy homenajeamos a Ana. Y en ella a toda aquella gente que está en este mundo para llevar sosiego, compañía y servicio a los pobres seres humanos de este mundo, que tanto lo necesitamos. Yo tengo la suerte de contar con alguien así… ¿Vos qué opinás…?

Veinte Verdades Veinte

No, no. No es ninguna revelación. Ni espiritual, ni metafísica. Ni intelectual, ni futbolera siquiera. Las Veinte Verdades (así, con mayúsculas se escribe, no porque lo haga yo) se refieren nada más y nada menos que al peronismo. Yo llegué tarde a su conocimiento –reconozco mi ignorancia- y pude hacerlo hace poco a través de la lectura de un libro que solamente las mencionaba en un pasaje y, como me llamaron la atención, me lancé a “googlearlas”, como hacemos todos...

Al leerlas, no pude más que volver a desaprobar (por decirlo de algún modo elegante) a los gobiernos que se tildan de peronistas y que en su teoría y su práctica nada tienen que ver con la doctrina del General. Es más, aunque uno no sea peronista, al leer las Veinte Verdades y ver lo que hacen los gobiernos que se auto-proclaman “peronistas”, querría que un gobierno con esos conceptos se establezca ya y reemplace al que tenemos.

Claro, si Ud. tampoco las conoce se estará preguntando de qué se tratan las Veinte Verdades Veinte... Pues, adoctrínese (la negrita la resalté yo):

1. La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: EL PUEBLO.

2. El Peronismo es esencialmente popular. Todo círculo político es antipopular, y por lo tanto, no es peronista.

3. El peronista trabaja para el Movimiento. El que en su nombre sirve a un círculo, o a un caudillo, lo es sólo de nombre.

4. No existe para el Peronismo más que una sola clase de hombres: los que trabajan.

5. En la Nueva Argentina el trabajo es un derecho que crea la dignidad del hombre y es un deber, porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume.

6. Para un peronista de bien, no puede haber nada mejor que otro peronista.

7. Ningún peronista debe sentirse más de lo que es, ni menos de lo que debe ser. Cuando un peronista comienza a sentirse más de lo que es, empieza a convertirse en oligarca.

8. En la acción política, la escala de valores de todo peronista es la siguiente: primero la Patria, después el Movimiento, y luego los Hombres.

9. La política no es para nosotros un fin, sino solo el medio para el bien de la Patria, que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional.

10. Los dos brazos del Peronismo son la Justicia Social y la Ayuda Social. Con ellos damos al Pueblo un abrazo de justicia y de amor.

11. El Peronismo anhela la unidad nacional y no la lucha. Desea héroes pero no mártires.

12. En la Nueva Argentina los únicos privilegiados son los niños.

13. Un gobierno sin doctrina es un cuerpo sin alma. Por eso el Peronismo tiene su propia doctrina política, económica y social: el Justicialismo.

14. El Justicialismo es una nueva filosofía de vida simple, práctica, profundamente cristiana y profundamente popular.

15. Como doctrina política, el Justicialismo realiza el equilibrio del derecho del individuo con la comunidad.

16. Como doctrina económica, el Justicialismo realiza la economía social, poniendo el capital al servicio de la economía y ésta al servicio del bienestar social.

17. Como doctrina social, el Justicialismo realiza la Justicia Social, que da a cada persona su derecho en función social.

18. Queremos una Argentina socialmente justa, económicamente libre, y políticamente soberana.

19. Constituimos un gobierno centralizado, un Estado organizado y un pueblo libre.

20. En esta tierra, lo mejor que tenemos es el Pueblo.

Y más allá de algunos atisbos de demagogia que alguno pueda encontrar, cualquier parecido con la realidad es... IMPOSIBLE. Me pregunto: ¿qué entenderán los actuales “gobiernos peronistas” sobre que la Justicia Social da a cada persona su derecho en función social? ¿Que unos pocos tienen que trabajar y otros muchos recibir subsidios para no hacer nada? ¿A eso se llamará “socialmente justa”? ¿Por qué para el nuevo peronismo “existe una sola clase de hombres: los que” NO “trabajan”? ¿Acaso es una idea demodé que sea “justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume”?

Perón dijo el 17 de julio de 1944:Dividimos al país en dos categorías:
una, la de los hombres que trabajan, y la otra, la que vive de los hombres que trabajan.
Ante esta situación, nos hemos colocado abiertamente del lado de los que trabajan.”
No parece ese el lineamiento del peronismo gobernante actual. Y ¿cuál será hoy en día el “bien de la Patria” (la grandeza nacional no creo...)? Ni hablar de que “cuando un Peronista comienza a sentirse más de lo que es, empieza a convertirse en oligarca” –a quien le quepa el saco, que se lo ponga-.

Quizás haya leído en Internet o en algún mail de cadena que le haya llegado unos conceptos de Adrián Roger, del año 1931, que rezan:

“Todo lo que una persona recibe sin haber trabajado para obtenerlo, otra persona deberá haber trabajado para ello, pero sin recibirlo.

“El gobierno no puede entregar nada a alguien, si antes no se lo ha quitado a alguna otra persona.

“Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien les quitará lo que han logrado con su esfuerzo, eso, mi querido amigo, es el fin de cualquier nación.

“No se puede multiplicar la riqueza dividiéndola".

Es más, la sociedad argentina actual se divide en tres: la clase trabajadora, la clase subsidiada y los marginales. La primera produce para sí misma y para la segunda y la tercera se aprovecha muchas veces de la primera en forma violenta (no hace falta describir las maneras, todos las conocemos).

En verdad, creo que los valores que se honraban hace sesenta u ochenta años eran absolutamente lógicos y verdaderamente estratégicos. Estos de hoy, solo tienen como objetivo el cortoplacismo de los períodos políticos y no el de la grandeza de los estadistas. ¿Vos qué opinás...?

Las contradicciones de Fito


“en tiempos donde nadie escucha a nadie,
en tiempos donde todo es contra todos,
en tiempos egoístas y mezquinos,
en tiempos donde siempre estamos solos;
habrá que declararse incompetente
en todas las materias del mercado,
habrá que declararse un inocente
o habrá que ser abyecto y desalmado”
,

dice Fito en “Al lado del camino” y parece difícil contradecirlo...
El mundo de hoy abruma a las personas y hasta les quita perspectivas. Quienes tienen acceso a casi todo (una minoría, por cierto) prueban y prueban de todo a lo largo de su vida (corta muchas veces) hasta llegar al punto de no saber qué más es lo que queda por experimentar. El final lo conocemos.
Quienes no tienen aquella posibilidad de las múltiples pruebas de emociones, por el contrario, pueden caer en depresiones, en dejarse estar y no esforzarse en lo más mínimo –hoy por hoy, uno de los deportes más populares- o en derivar su vida a rincones desde los cuales es espinoso volver, y también sabemos todos a qué me refiero.
Pero el caso que me ocupa en esta nota es el de aquellas personas que llegaron a la última etapa de su vida y se encuentran alejadas (en espacio o en tiempo) de hijos y nietos por la vorágine de la vida actual, “desenganchadas” de esta época a la que el rosarino hace mención, y, además, sin proyectos o actividades que les propongan un motivo permanente de interés para encarar cada día con el entusiasmo de entonces. Es muy habitual encontrar matrimonios o viudos sexagenarios (y mayores también) que solo se levantan cada mañana para ver pasar el día hasta la hora de volver al lecho. Y no es cuestión de hacer correr el tiempo solamente, viendo televisión, haciendo manualidades o Yoga, visitando parientes o haciendo paseos por algún lugar. Todo ello puede llenar horas, pero no llena el corazón de nadie. El ser humano necesita, como el burro, la zanahoria adelante para querer seguir. Sin motivación, la depresión o la perdición están ahí nomás...
Sin embargo, el gran cantautor desgarbado también entona:

“¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón...”


Y ahí está la fórmula: entregar el corazón. Vamos al grano: el mundo se mueve por emociones. El dinero gira por emociones –pertenecer a una clase, ser el primero en tener un producto, etc.-. La publicidad busca la emoción para lograr su objetivo de concretar la compra. El artista necesita provocar la emoción del espectador, del lector, del escucha, para lograr trasmitir su mensaje. El hombre busca, necesita la emoción. Es fundamental poder emocionarse, de las múltiples formas en que puede darse la experiencia. ¿Y entonces..?
Hay un mundillo especial para vivir la emoción hasta los últimos días de la vida. Un mundillo que provoca ganas de levantarse y hacer. De generar, de mejorar. Y de emocionarse. Ese mundillo se llama “ONGs”. Las ONGs (Organizaciones No Gubernamentales) son una forma magnífica para llevar bien al mundo. Y ese bien se traduce en beneficios para quien recibe el servicio y en una inmensa emoción para quien logra el objetivo de cambiar la realidad. En todo el país, hay miles y miles. Hay una a la vuelta de su casa, no le quepa duda, es solo cuestión de saber mirar. Igualitas a esas que aparecen en los programas de Tinelli y que logran conmover a cualquier televidente.
Desde años pertenezco a una de ellas (El Club de Leones), y la emoción que se siente con cada caso de solidaridad hacia el prójimo es una paga que no existe dinero, ni droga, ni vehículo, ni videojuego, ni fantasía sexual, ni nada que pueda igualarlo. Las ONGs permiten a quienes las integran elevar su condición de personas a la vez que las hacen sentir útiles, necesarias. Y verdaderamente lo son.
Fito se contradice. O no, quizás solo quiere ver todos los lados del asunto. De todos modos, yo me quedo con la última propuesta. ¿Vos qué opinás...?

PD1: La foto que ilustra la nota es del "Centro para Ciegos y Discapacitados Visuales" de mi institución, el "Club de Leones La Colonia-Quilmes Oeste".

PD2: Tinelli también dice esto:
http://www.eltrecetv.com.ar/shared/v2/fullscreen_videos.asp?archivo=http://contenidos2.canal13.com.ar/2009/10/14/mcsm131009marcelo.flv